Hace pocos días tuvo lugar un encuentro entre el ejecutivo nacional y las diversas confesiones religiosas presentes en Venezuela. Se trató de una iniciativa enmarcada en la rogatoria hecha desde el ejecutivo venezolano al gobierno de los EE.UU. a fin de ponerle fin a las sanciones las cuales repercuten dentro del sano desarrollo y crecimiento de la economía nacional. A la convocatoria acudieron la pluralidad de representaciones religiosas, cada una de ellas con el deseo de contribuir a sanar las heridas del país, manifestadas en el deterioro del tejido social producto del daño antropológico.
Más allá de discursos angelicales o de oraciones mágico-religiosas, que enajenan el evangelio de la humanidad y lo sitúan en el ámbito privadísimo de la conciencia, debemos aplaudir y reconocer, ante todo, que se ha puesto de manifiesto la relación dialógica entre religión y razón pública; entre ambas, puede haber un diálogo, armónico, sano y respetuoso. Parece que hemos pasado de la tristemente célebre sentencia de Marx: “la religión es el opio del pueblo”, al reconocimiento de la afirmación de Jesús en el evangelio: “den a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César” (Mt 22,21). La religión no solo debe transformar la persona, sino que la persona está invitada por su credo, a permear las realidades temporales en las que se desenvuelve a fin de estas sean mejores, más humanas, menos hostiles. Los sistemas ideológicos y políticos son quodomnes tangit. es decir, lo que a todos afecta, incluso a los creyentes.
El petitorio fue claro: hacer seguimiento a la Ley de Amnistía y contribuir al diálogo por la paz. Naturalmente, lo que hoy necesitamos como sociedad es paz, pero unido a ella hay otras cosas que resultan imperiosas sin las cuales la paz no será posible. Lo sugerido en el título de estas líneas pueden ofrecer una brújula a la “Venezuela de los Reyes Magos”, la Venezuela después del 03 de enero. ¿Cuál es la meta a la que debemos aspirar: ¿Coexistencia, Convivencia o Comunión? Identificar el punto de llegada hará que tomemos la ruta más expedita.
No todos los conceptos pueden ser aplicables a todas las realidades. La RAE define coexistencia como: “existencia de una persona o de una cosa a la vez que otra u otras”. El concepto solo hace referencia al modo de ser, no al modo de desenvolverse. No expresa interrelación, sino status quo. La coexistencia, aunque una definición útil, parece precaria. Una de las más grandes debilidades que podemos encontrar en la sociedad venezolana en los últimos cuarenta años es la pérdida de la comprensión del Bien Común. La resiliencia (palabra que no me gusta mucho), en la mayoría de los casos solo alude a la supervivencia personal pero no comunitaria. No se trata de estar bien “yo”, sino de “nosotros” estamos bien.
Otra de las palabras usadas con frecuencia para identificar la necesidad de armonía social en Venezuela es la convivencia. La RAE la define como: “acción de convivir”. Una definición que puede ajustarse tanto en cuento parece sugerir reconocimiento y respeto, el desarrollo de mi vida junto a la vida del otro. Aunque la convivencia habla de armonía, no siempre es así. Suele haber una convivencia sustentada por un tratado de no agresión que se hace plataforma de la indiferencia y esconde la banalidad del mal, como Hanna Arendt. O en palabras todavía mas duras, puede ser el telón de fondo de la estupidez, plateada por el filósofo Bonhoeffer. La convivencia inauténtica hace desaparecer el pensamiento crítico y genera indefensión.
La última de la trilogía de palabras es comunión. La RAE afirma que la comunión es “participación en lo común; trato familiar, comunicación de unas personas con otras”. Es curioso cómo en los sinónimos propuestos para esta palabra no aparecen no coexistencia ni convivencia. Las categorías de esta palabra parecen superar lo meramente social y echar sus raíces en lo ontológico. No se trata solo de pensar de la misma manera sino de sentir de la misma manera. La comunión no se plantea desde el pragmatismo sino desde el amor. Aunque el primer paso es reconocer al otro, la comunión implica un ejercicio de reconciliación, un acto de amor que no siempre es fácil pero muy significativo ya que sana profundamente las muchas heridas. El perdón no será instantáneo, pero si efectivo.
San Agustín introdujo el concepto ordo amoris. El creyente se sabe ciudadano y no escapa de esta naturaleza, se relaciona honestamente con la paz y la justicia, se reconoce artífice de la amistad social y construye los valores cívicos demandantes degestos enmarcados en el accionar político. La comunión se establece desde el amor fundamenta la amistad social, la fraternidad universal y educa para la paz.
El ordo amoris tiene su origen en el comentario que San Agustín hace a la carta del apóstol san Juan: “Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos”. Es un orden que viene del amor y está llamado a crear más amor. no un amor impune, manipulador, desmemoriado o cómplice. No es una falsa solidaridad. El hombre agustiniano no es un vulgar anárquico que, en nombre del amor, viola el orden y hace cuanto se le antoja, sino que sigue el orden del amor, allí donde se respeta la jerarquía de los valores.
No habrá comunión posible ni mucho menos paz, sino se respeta la disidencia. La comunión fructifica en la concordia cuando distingo la diferencia entre las ideas e identifico la acción por el bien común. Por medio del imperativo de la concordia descubro a mi adversario como hermano. No tendremos comunión posible si no se fortalecen las instituciones, garantes de la democracia y de la vida social. La comunión necesita de la verdad. Para perdonar las heridas sociales causadas por tantas persecuciones en el pasado y en el presente en Venezuela, debe antecederlo una contracción real, dispuesta no solo a asumir sino a sustituir actores que en el ejercicio del poder representen los intereses del bien de todos. La narrativa del discurso debe ir acompañada de una comunión efectiva, los pasos dados hasta ahora no superan lo mediático.














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