En febrero de 2018, un macabro espectáculo interrumpió la rutina de los pasajeros del tren que conecta Almere con Ámsterdam. Al mirar por las ventanas, los viajeros no vieron la idílica estampa de una reserva natural, sino un páramo desolado, con un suelo ennegrecido y miles de cadáveres y huesos de animales esparcidos por el lugar.
La reserva de Oostvaardersplassen, uno de los proyectos de reintroducción de la vida silvestre (rewilding) más ambiciosos y polémicos de Europa, se había transformado en un escándalo internacional. Ante la hambruna inminente de las especies, los guardaparques recurrieron a sacrificar a tiros a miles de animales.
¿Se trató de una crueldad humana o de la naturaleza siguiendo su curso? Ocho años después de la crisis, el debate sobre los límites de la intervención humana en el medio ambiente sigue más vivo que nunca.
El origen: Diseñar el “Serengueti detrás de los diques”
El Oostvaardersplassen nació en 1968 tras el drenaje de un mar interior en la provincia de Flevoland. Aunque inicialmente se proyectó como una zona industrial, el terreno de 56 $km^2$ (un tamaño similar al de Manhattan) se convirtió rápidamente en un santuario para miles de aves migratorias.
En la década de 1980, el visionario biólogo neerlandés Frans Vera propuso una idea radical: introducir grandes herbívoros para recrear un ecosistema paleolítico. Según su teoría, el pastoreo de estos animales evitaría que la vegetación invadiera el humedal, manteniendo el hábitat ideal para las aves sin necesidad de granjeros ni tractores.
Bajo esta premisa de “no intervención absoluta”, se introdujeron:
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1983: 32 cabezas de ganado bovino Heck (una raza diseñada para revivir al extinto uro).
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1984: 18 caballos salvajes Konik.
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1994: 44 ciervos rojos.
Durante años, el experimento pareció un éxito rotundo. La población de animales creció con fuerza, los carrizales prosperaron y la revista alemana Der Spiegel llegó a bautizar el lugar como “El Serengueti detrás de los diques”.
Auge, sobrepoblación y una crisis viral
El talón de Aquiles del proyecto se manifestó entre 2005 y 2015. Sin depredadores naturales y confinados dentro de un perímetro vallado, la población de herbívoros explotó de forma insostenible, arrasando con la vegetación del parque.
La escasez de recursos provocó un colapso ecológico en cadena:
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Extinción local: Al menos 22 especies de aves raras desaparecieron debido a la degradación del suelo.
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Mortalidad masiva: Entre diciembre de 2015 y abril de 2016 murieron 1,613 herbívoros. En el invierno de 2018, la hambruna alcanzó su punto álgido.
“Incluso amenazaron a mi familia. Fue absolutamente terrible”, recuerda Frans Vera, sobre la indignación pública en redes sociales que llevó a ciudadanos comunes a saltar las vallas para lanzar fardos de heno a los animales moribundos.
¿Un proceso natural o un error de cálculo?
Científicos y ecólogos se dividieron de inmediato. Por un lado, expertos como Jens-Christian Svenning (Universidad de Aarhus) argumentan que la mortandad por hambruna es común en entornos salvajes como el Serengueti africano o Yellowstone.
Por otro lado, críticos como Frank Berendse (Universidad de Wageningen) señalan una diferencia geográfica crucial: Oostvaardersplassen no es un ecosistema abierto, sino un espacio reducido y cercado, incapaz de autorregularse de forma natural sin la presencia de grandes depredadores como el lobo.
El nuevo paradigma: El paisaje moldeado por el hombre
Tras las protestas de 2018, el gobierno de la provincia de Flevoland impuso un giro drástico en la gestión de la reserva, abandonando la utopía de la no-intervención.
| Medida Anterior (Hasta 2018) | Nueva Gestión Actual |
| Cero alimentación suplementaria. | Monitoreo de masa corporal y alimentación artificial en invierno. |
| Crecimiento poblacional libre. | Límite estricto de 1,500 grandes herbívoros al año (el excedente se traslada o se sacrifica). |
| Evolución del paisaje al azar. | Intervención activa: plantación de árboles protegidos y control de niveles de agua. |
“No queda nada de los procesos y objetivos ecológicos que sustentaban el Oostvaardersplassen”, lamenta Frans Vera ante las nuevas reglas. Sin embargo, para el actual guardaparques Hans-Erik Kuypers, se trata de un término medio necesario: “Es un paisaje moldeado por los humanos, donde hemos creado espacio para los procesos naturales”.
Un legado global
A pesar de sus traumáticas crisis, el experimento de Oostvaardersplassen transformó la conservación moderna en Europa, sirviendo como aprendizaje para iniciativas más pragmáticas.
En proyectos como Knepp Estate en Inglaterra o en las Serranías Ibéricas en España, se ha adoptado la idea de introducir grandes herbívoros como “arquitectos del paisaje” para prevenir incendios y restaurar suelos, pero manteniendo un control humano estricto sobre las poblaciones desde el primer día.
Hoy en día, el canto de los pájaros ha regresado a Oostvaardersplassen y los caballos vuelven a trotar sobre pasto verde a solo 40 minutos de Ámsterdam. El parque ya no es un santuario intacto ni tampoco un campo de muerte; es el recordatorio viviente de lo difícil que resulta definir dónde termina la gestión humana y dónde empieza la verdadera libertad de la naturaleza.














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