Se cierra la puerta santa, pero no se cierra la puerta de tu clemencia, porque siempre sostienes las rodillas vacilantes, levantas al caído, abres tu mano y colmas de bienes a quien confía en tu bondad”. Delante de la puerta santa y rodeado de miles de fieles, el Papa León XIV, ha concluido el año jubilar de la esperanza con el cierre de la puerta santa, signo sensible y testigo de cuantos pudimos atravesarla implorando la gracia y la misericordia de Dios.
Este jubileo se inició en la nochebuena del 2024 cuando el recordado Papa Francisco, en medio de sus limitaciones testimoniaba la fortaleza, atravesando la puerta santa de la basílica vaticana. En la homilía de aquella noche, el Papa argentino afirmó: “la esperanza que nace en esta noche no tolera la indolencia del sedentario ni la pereza de quien se acomoda en su propio bienestar (…); no admite la falsa prudencia de quien no se arriesga por miedo a comprometerse, ni el cálculo de quien sólo piensa en sí mismo; es incompatible con la vida tranquila de quien no alza la voz contra el mal ni contra las injusticias que se cometen sobre la piel de los más pobres. Al contrario, la esperanza cristiana, mientras nos invita a la paciente espera del Reino que germina y crece, exige de nosotros la audacia de anticipar hoy esta promesa, a través de nuestra responsabilidad a través de nuestra compasión”.
El Papa Bergoglio tenía la buena costumbre de encarnar la predicación del evangelio, iluminarlo con historias de vida, narraciones concretas de despertaban pistas para su vivencia diaria. Este jubileo ordinario dedicado a la Esperanza, nos pone de cara a ciertas interrogantes. Y ahora ¿se acabó la esperanza? Cuando pensamos en la esperanza ¿se trata solo de una virtud inmaterial o ella puede tocarse en frutos concretos? Las referidas palabras del fallecido pontífice nos ayudan a comprender que “laesperanza no defrauda”. (Cfr. Rm 5,5). Responsabilidad, compromiso, audacia, compasión, tomar riesgos, son expresiones que nos ayudan a confiar que no estamos espiritualizando una virtud, sino que la podemos hacer presente.
La sociedad necesita esperanza y un fruto concreto de ella es la concordia. El corazón tiene varias virtudes, fuerzas que brotan de él y la concordia es una. Mientras las enemistades y las discordias fracturan la comunión, la concordia se convierte en el hilo que teje de nuevo las relaciones humanas fundadas en la fraternidad y el amor socialis. En el año 392, San Agustín escribe: «hermano», no te pasará inadvertido que tenemos un precepto de llamar hermanos aun a aquellos que rehúsan ser hermanos nuestros”. La concordia está unida al reconocimiento, a la libertad y a la fraternidad. Maximino no era católico, entre él y Agustín había claras diferencias en relación a la divinidad de Jesús, no obstante, la carta que éste le remite lleva por título: “Agustín, presbítero de la iglesia católica, saluda en el señor a Maximino, señor amadísimo y honorable hermano”. No es la simpatía la que vincula; el primer paso para las relaciones humanas no es el respeto, sino el reconocimiento. El simple hecho de ser hombre ya se presenta como vinculante para Agustín y trata con honor a quien piensa distinto de él.
La esperanza se presenta como la confianza en un futuro bueno y positivo; un futuro que recrea y renueva la realidad con aires de bondad. Fue lo último que quedó en la caja de pandora y es lo primero que aflora cuando la adversidad nos visita. Hemos sido llamados: peregrinos de esperanza, un título que no caduca al concluir el jubileo, sino que puede ser acompañado con el de: misioneros de la concordia. El hombre se reconoce como homo Viator, estamos en camino, nuestra vida no es un factum, es un facendum, en palabras de Ortega y Gasset; el hombre “está en camino” y también lo está la esperanza. La esperanza se construye, no se concluye. La esperanza pertenece al anhelo de eternidad, a la necesidad de lo eterno. Y esta trascendencia se hace inmanencia a través de la concordia. renovar la sociedad y recrearla es saber que podemos llamar hermanos aun aquellos que no se reconocen como hermanos nuestros. La concordia es el equilibrio y la armonía entre el vivir y el amar, que edifica la paz. La unidad de los seres racionales que integran la civitas deben estar marcada por la concors.
El panorama mundial pone a los creyentes el desafío de la concordia. No es la privatización religiosa de la esperanza sino la propuesta de una virtud religiosa que se hace cívica por medio de la concordia. El creyente, quien es también ciudadano, no se encuentra en un dualismo platónico o en una encrucijada existencial, su aporte a la ciudad es el esfuerzo consensuado y educado por construir la paz y la justicia.
En este día de la Epifanía concluye el jubileo de la esperanza. Pero seguimos transitando caminos de esperanza. Hoy se presenta a nosotros la concordia como un imperativo, un esfuerzo desde las cosas pequeñas. El Papa León XIV, recordó esta mañana: “El Niño que los magos adoran es un Bien que no tiene precio ni medida. Es la Epifanía de la gratuidad. No nos espera en los lugares prestigiosos, sino en las realidades humildes”. Nos aguarda en las periferias; en el combate contra la cultura del descarte, en la denodada construcción de la paz. El imperativo de la concordia, como fruto de la esperanza y como misión después del jubileo, es un vínculo de unidad en la humanidad; no solo desde la razón sino también desde corazón. Ella sirve para que el compromiso cristiano sea un mejor y perfecto anuncio de la esperanza, expresión de la caridad y supremo acto de amor socialis.














