La trampa narrativa de la «invasión» en las fronteras de Occidente
Por: Fernando Tirro Arias
A lo largo de la historia, las grandes potencias han compartido una misma fijación psicológica: la construcción del “bárbaro”. En la antigüedad tardía, el Imperio Romano denominó bárbaros a aquellos pueblos que empujaban sus fronteras en busca de tierras y supervivencia, retratándolos como hordas incivilizadas que amenazaban la estabilidad de la civilización.
Hoy, en pleno siglo XXI, el mundo occidental parece estar reactivando esa misma matriz narrativa frente a las crisis migratorias que sacuden sus límites geográficos, como la trágica realidad que recientemente hemos presenciado en la frontera de Ceuta.
En los medios de comunicación y en el discurso político dominante, el migrante es presentado con frecuencia bajo el estigma de la amenaza: el “invasor” que pone en riesgo el bienestar, la seguridad y la identidad de las naciones receptoras. Se construye así la ilusión de la “fortaleza amenazada”, donde la región de destino se victimiza y se atrinchera. Sin embargo, esta narrativa de los “bárbaros modernos” es una peligrosa trampa conceptual que invierte las responsabilidades y oculta la verdadera raíz del problema.
Detrás de las cifras desgarradoras y de los más de 90 fallecidos registrados en Ceuta, no hay un ejército invasor ni un proyecto de conquista. Como bien ha señalado la Red CLAMOR en su más reciente comunicado, estamos ante seres humanos expulsados por causas estructurales profundas: desempleos juveniles superiores al 25%, falta absoluta de perspectivas de futuro y la ausencia de vías legales y seguras para desplazarse. A esto se suma un escenario geopolítico complejo donde la movilidad humana es utilizada, de forma desalmada, como un mecanismo de presión y moneda de cambio en disputas por el control de tierras, minerales críticos y recursos estratégicos.
Deshumanizar al migrante bajo el mito del “bárbaro” resulta extremadamente funcional para el poder. Permite justificar la suspensión de los derechos humanos, la militarización de los pasos fronterizos, el incumplimiento del principio de no devolución (non-refoulement) y, sobre todo, anestesiar la conciencia colectiva frente al sufrimiento ajeno. Es más fácil temer a un invasor que responsabilizarse por la fragilidad de un orden global que genera desolación en la periferia.
La historia enseña que Roma no colapsó por la presión de quienes llamaban a sus puertas, sino por su propia descomposición ética y la incapacidad de regenerar sus valores internos. Hoy, el verdadero peligro para la civilización occidental no es el hambriento ni el desesperado que busca refugio, sino la “globalización de la indiferencia” y el atrincheramiento en discursos de rechazo y xenofobia.
En el pensamiento humanista y en la doctrina social de la Iglesia —como bien recordó el Papa León XIV en su encíclica Magnifica Humanitas—, el examen decisivo para la justicia de una sociedad no reside en la solidez de sus murallas, sino en la dignidad con la que trata al migrante y al desamparado. Es momento de desmantelar la falsa narrativa de la invasión. Las personas que arriesgan su vida en una frontera no son bárbaros en busca de botín; son nuestros semejantes reclamando el derecho inalienable a existir con dignidad.
Please follow and like us:














Deja una respuesta