Los días previos a la Pasión del Señor, los cuales también llamamos días santos, nos permiten conocer, a través de las lecturas de la Misa, los últimos momentos de la vida de Jesús. Durante estas horas previas a su prisión injusta y a su tortura desmedida, no son muchos los personajes que le rodean, aunque todavía algunos discípulos estaban con Él. Resaltan dos personajes contrapuestos, enigmáticos. Por una parte, Pedro, el pescador de Galilea, quien juró su compañía eterna, su lealtad; la solidaridad de quien no abandona. Pedro, le prometió la firmeza de la fe y la fidelidad del amor. Aquel, que como dice Benedicto XVI, “quería un Mesías, un hombre divino, que realice las expectativas de la gente imponiendo a todos su poder”. Y el otro contrastante personaje es Judas Iscariote, quien injustamente ha pasado a la historia como el que “traicionó” a Jesús.
En la intimidad del diálogo largo y denso de la Ultima Cena, Juan relata que cuando Judas tomó el trozo de pan entregado por el Maestro, y salió del cenáculo: “ahí mismo, tras el bocado, Satanás entró en él (…) y, habiendo él tomado el bocado, enseguida salió. Era de noche.” (Jn 13, 27; 30). Lo que parece muy significativo no es tanto lo ocurrido entre Jesús de Nazaret y Judas, un evento ampliamente reseñado por las diversas páginas de la historia, lo curioso es el predicado circunstancial de tiempo: “era de noche”. El misterio de Judas ha sido repensado a lo largo de los siglos desde diversos ámbitos del saber, no solo desde las ciencias bíblicas que se aproximan a la hermenéutica, sino también desde las más diversas dimensiones de las ciencias humanas. La noche en la Biblia tiene dos grandes significados. Por una parte, el valor cronológico entendido desde la cultura greco-romana, las cuatro vigilias, de tres horas cada una, y, por otra parte, el valor moral del tiempo: hay cosas que le son propicias a la noche y cosasque no.
La “noche” dentro de la cual se enmarca la entrega de Judas evidencia que ya se encontraba englutido por las tinieblas, pero además esto empuja a Jesús a su noche, es decir, evidencia que ya empezaron a moverse sobre él, los poderes de las tinieblas para el combate espiritual. El poeta portugués Fernando Pessoa en su obra titulada Libro del desasosiego, le ofrece a la noche una connotación moral, equiparándola con la acción de la persona: “Oh, noche donde las estrellas fingen suluz, única cosa del tamaño del Universo, vuélveme, en cuerpo yalma, parte de tu cuerpo, que yo pueda perderme en ser pura tiniebla y me haga también noche, sin sueños que en mí sean estrellas, no sol esperado que desde el futuro me ilumine”.
No se trata de un ejercicio de imaginación o fábula que pretende esconder la maledicencia del hombre en el poema de un pensador, como tampoco se trata de una simple evocación de la iniquidad humana plasmada románticamente, la sombra de la noche, la nocturnidad, la espesura, la tiniebla son también afines a los afectos, sentimientos y apetencias del alma, no pocas veces nos dejamos envolver por ellas. De la misma manera que el hombre, la sociedad puede construirse desde la iniquidad y lo fumoso de la noche. Cuando la amargura y la destrucción se prolonga, podemos decir que estamos atravesando una larga noche, o en palabras aún más cercanas, decimos que “estamos viviendo una pesadilla”.
La sociedad no solo se adormece, sino que es víctima de la “noche”. Se llevaron nuestra dignidad; le robaron a Raiza el derecho de cuidar a su nieta con una “condición especial” haciéndola vivir en un rancho de zinc lleno de tantas precariedades. La “noche” vino sobre nosotros; la mediocridad y la anarquía nos tienen arrinconados. La pobreza se construyó para hacernos mendigos, enseñándonos que la corrupción es más valiosa que la educación. La “noche” apagó el sol de Pessoa; la luz del futuro parece oscuridad.
Se cierne la “noche” sobre una sociedad cuando se persigue sin razón; cuando se oculta la justicia, se señala y condena al inocente. Cuando se calla la democracia deliberativa de Habermas opacando su diálogo con la religión. Nos vence la “noche” cuando olvidamos que “domesticar es crear vínculos”, y que “lo esencial es invisible a los ojos”, según el autor de El Principito, Antoine de Saint-Exupéry. San Agustín lo diría: “No busques fuera, la verdad está dentro de ti”, Santo Tomás de Aquino lo afirmará diciendo: “es forzoso que exista algo que sea necesario por sí mismo y que no tenga fuera de sí la causa de su necesidad, sino que sea causa de la necesidad de los demás, a lo cual todos llaman Dios”. Lo profundamente necesario es el Dios de la luz, la verdadera luz.
Lo cierto de la noche es que no es eterna. De la misma manera que transcurre el tiempo físico, así la noche se acerca al clarear del nuevo día. La espesura se ilumina, la densidad se ligereza, la oscuridad se hace claridad. “Amanecerá la luz para el justo, la alegría para los rectos de corazón”. (sal 97, 11).














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