Cuando pensamos en el fenómeno migratorio, solemos evocar imágenes de caminantes con mochilas al hombro, listas de espera en puestos fronterizos o cifras de remesas familiares. Sin embargo, existe una dimensión de la movilidad humana que permanece sepultada tras un manto de dolor e invisibilidad: el retorno de aquellos hombres y mujeres que regresan a su patria portando una discapacidad física severa, tras sufrir accidentes desgarradores en la ruta hacia el norte.
Desde la mística y el servicio de la Pastoral de Movilidad Humana, esta realidad se atiende no como una simple estadística asistencial, sino como una llamada urgente a la conciencia social. La inmensa mayoría de estos retornados son hombres jóvenes de origen rural que, acorralados por la pobreza y la falta de oportunidades, emprenden un viaje incierto. En el trayecto, la violencia de grupos criminales o el riesgo de abordar transportes precarios como el tren de carga —mutilaciones, amputaciones y caídas de muros fronterizos— truncan violentamente sus proyectos de vida.
Estas amputaciones no son «accidentes fortuitos»; son el resultado trágico de un sistema de frontera que expone a los más vulnerables a condiciones extremas. Y cuando son deportados o regresan a su tierra, se encuentran con una doble huérfana: la falta de infraestructura de salud inclusiva y el impacto psicosocial del trauma, donde la salud mental y el agotamiento de las familias cuidadoras —especialmente las madres y esposas— exigen un acompañamiento integral.
El espejo de la tragedia: La lección de La Guaira
Al contemplar la compleja tarea de reconstruir la autoestima y la autonomía de un migrante que regresa con un cuerpo mutilado, resulta imposible no conectar esta experiencia con las secuelas de las emergencias naturales que han golpeado a nuestra propia patria, como los recientes sismos que dejaron profundas huellas en regiones como La Guaira.
Existe un lazo invisible pero profundo entre el migrante que cae de un vagón en tierras lejanas y el ciudadano que pierde sus extremidades o la movilidad de su cuerpo bajo los escombros de un edificio colapsado. En ambos escenarios, la persona enfrenta la pérdida repentina de su integridad física, la ruptura violenta de sus sueños y el peligro inminente de la exclusión social.
La gran lección que la Pastoral de Movilidad Humana aporta frente a las ruinas de La Guaira y ante cualquier catástrofe humana es que la respuesta de la sociedad jamás puede quedarse en la compasión lastimera o en el asistencialismo pasivo. Quien ha sufrido una amputación o una lesión medular —sea en la frontera mexicana o en un terremoto en las costas venezolanas— no es un «objeto de lástima» ni un estorbo social; es un sujeto pleno de derechos y con una dignidad inalienable.
De la asistencia a la reintegración activa
Sanar el cuerpo y el espíritu exige pasar de la mera entrega de un insumo a la reintegración integral. Esto implica dotar a las personas con discapacidad de herramientas para la autonomía: capacitación, apoyo psicológico para superar el duelo corporal, adecuación de espacios y microemprendimientos que les permitan volver a sostener a sus familias.
Las ruinas de un sismo o el trauma de una deportación en invalidez no tienen por qué significar el fin de la historia. Como nos enseña el carisma scalabriniano, en las cicatrices de los más vulnerables se manifiesta la capacidad de resiliencia más admirable. Nos corresponde como comunidad, Iglesia y Estado tender la mano para que ningún venezolano, golpeado por el éxodo o por la naturaleza, camine en soledad, demostrando que la verdadera dignidad de una nación se mide en su capacidad para abrazar, sanar y reintegrar a sus hijos más golpeados.





