En momentos de desolación, y ante tal tragedia que nos sacudió literalmente este 24 de junio, es natural que nuestro corazón se quiebre y surja la pregunta: ¿Dónde está Dios?. Pero cuando buscamos Su rostro en el dolor, a menudo solo encontramos silencio. Sin embargo, si buscamos a Dios en la respuesta al prójimo, lo encontramos en cada mano que se extiende. Como nos recuerda la Carta de Santiago: “La fe sin obras está muerta“.
Hoy, Venezuela no se sostiene por el concreto, sino por una fe que se traduce en acción inmediata.
El peso de la culpa y el alivio de la conciencia
Quizá a muchos, a quienes la tragedia les dio una segunda oportunidad, sienten o les acompañará una sombra compleja: la ansiedad y la culpa. Es natural sentir este “choque” emocional, preguntándonos por qué nosotros sí y otros no. Sin embargo, validar en silencio junto al sobreviviente que este sentimiento es una respuesta humana ante la impotencia, es el primer paso para ayudar. Y ahí es donde podemos facilitar el camino a sanar, estando presente, solo escuchando y/o acompañando en la distancia desde la oración por ese corazón roto.
En el caso de quienes no nos vimos afectados físicamente por la tragedia, los que “Estamos bien, pero No estamos bien”, también toca reconocer esa ansiedad de querer ayudar, rescatar o tan solo estar. Pero como dice la canción de Arjona (más palabras menos palabras), “… no es bueno el que te ayuda, sino el que no te molesta”, debemos tomar consciencia (sea cual sea el rol que nos tocó en esta tragedia) y ahí somos todos llamados a verificar lo que compartimos, dosificar las preguntas de lo obvio, parar los razonamientos inútiles y ajustar la sensibilidad al momento que atravesamos, siendo empáticos que también lo es, guardando silencio.
No esperemos a que la ansiedad nos paralice. Al ser conscientes de que este sentimiento es una reacción natural, podemos transformar esa energía estancada en propósito. La autorregulación no significa ignorar el dolor, sino entender que, en lugar de hundirnos en la propia ansiedad y la culpa, podemos poner los pies en la tierra y accionar desde nuestro metro cuadrado, analizando riesgos y acciones concretas ante próximas eventualidades, anticipándonos al soporte emocional que todos los afectados físicamente necesitarán (orientarnos en qué debemos hacer como hermanos), compartiendo redes de apoyo, y en paralelo y sin descanso alzando oraciones por el consuelo de sus corazones.
Fe en acción: “Estoy Vivo”
La verdadera fe es aquella que se pone en marcha. Dios usa nuestras manos, nuestros recursos y nuestra voluntad para obrar el bien en medio de la oscuridad. No minimices lo que sentimos, pero no nos quedemos solo en el sentimiento; hay que canalizarlo.
Acción consciente: Si puedes donar, dona; si puedes cargar, carga; si puedes informar, hazlo.
Acompañamiento: La sanación ocurre cuando nos acompañamos sin juzgar.
Propósito: Sanar también es reconstruir a la gente, y tras todo lo que nos ha tocado vivir, no hemos perdido la capacidad de mirar a un desconocido y decirle: “Ven, aquí estoy, déjame ayudarte”.
Sanar es reconstruirnos juntos
Venezuela se levanta no solo con máquinas, sino con miles de manos haciendo cosas pequeñas al mismo tiempo. Con la fe puesta en Dios y la convicción de que, aunque nos tocó vivir desde otra perspectiva el dolor, nuestra existencia es un testimonio de esperanza.
Al decir “estoy vivo”, no solo afirmamos nuestra presencia, sino que asumimos la responsabilidad de ser luz cual faro en la tormenta. No esperes a romperte para soltar lo que duele; la tierra libera su energía por una falla, y nosotros podemos liberar la nuestra a través de la palabra, el llanto, la oración y, sobre todo, a través del servicio al hermano. Porque cuando la tierra deja de moverse, comienza la verdadera emergencia: la que queda dentro de nosotros, y la que solo podemos sanar juntos.
La respuesta está en el amor
Este artículo se hace eco de la voz de una Venezuela que, aun en medio del colapso, se niega a perder su esencia. “La caridad no es una opción, sino el fundamento de nuestra existencia”.
Al escribir estas líneas, mi intención es animarnos a seguir el rostro vivo de Cristo. No permitamos que la tragedia aísle a ese familiar, amigo, vecino que por miedo retrocede y se paraliza, aumentando el natural sentimiento de culpa “no sé qué hacer”; extendamos la mano, invitémosle a sentirse vivo y a servir en pequeñitas obras (identificando una caja, clasificando donaciones, llamando a la familia, orando, escuchando al otro, haciendo arepitas, cafecito para los que llevan la logística de las donaciones; en fin sacando nuestra esencia venezolana) para que ese pequeño pero muy valiosos accionar sea el punto de partida para una fraternidad real en el que todos nos sintamos vivos; y ese ‘estoy vivo’ sea el motor de esperanza para quienes hoy, entre piedras, angustia, desolación y silencio ensordecedor, reciben desde todas partes esa señal de amor que les devolverá la fuerza para levantarse desde la fe que los mantuvo aferrados a la vida.














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