Magnifica Humanitas: pensando en voz alta.* Pbro. Dr. Luis Eduardo Martínez Bastardo

Pablo Rivas

Hace pocos días, un estimado colega profesor de filosofía, me decía con moderado entusiasmo: “la encíclica (del Papa León XIV) ha generado interés, -no te creas que no-.”. A lo que naturalmente le respondí: ¡claro que sí! Probablemente estamos frente al documento escrito por un Papa que mayor difusión ha tenido gracias, precisamente a aquello que aborda, las inteligencias artificiales. Cuando el Obispo de Roma celebraba poco más de un año en la Sede del apóstol Pedro, el mundo recibe su primer documento magisterial de una envergadura capital, la encíclica _Magnifica Humanitas_ .

Ya han sido varios los esfuerzos que ha hecho la Iglesia no solo en reflexionar sino en ofrecer un camino frente a la realidad que nos circunda y que afecta nuestra vida. Un espectro que transcurre desde las inteligencias artificiales, el trans y post humanismo hasta decantarse en lo que advierte León XIV, la Tecnocracia. La preocupación del Papa no son las herramientas tecnológicas, reducir el contenido del documento a esto sería sesgar la lectura y descontextualizarla; el verdadero interés es el lugar de la persona humana frente a la emergente realidad virtual que promete una vida plena. La utopía de este siglo.

Recientemente la filósofa española Adela Cortina ha publicado su libro dedicado a la inteligencia artificial. En el prólogo podemos encontrar un punto coincidente con el documento pontificio: “el aumento de la conectividad gracias a las redes, que debería llevarnos a poder decidir conjuntamente, qué queremos hacer con nuestro futuro, no mejora la comunicación veraz (…) La gran pregunta ética es siempre ¿hacia dónde queremos ir?”. Las _res novae_ a las que hace referencia el Papa Prevost, tienen que ver precisamente con el cómo interpretar los avances de la técnica en nuestro tiempo. “la digitalización, la inteligencia artificial (IA) y la robótica están transformando nuestro mundo (…) un hecho profundamente humano, vinculado a la autonomía y libertad del hombre”.

La sociedad tecnologizada parece evidenciar el triunfo de la razón estratégica sobre la razón comunicativa.
La lectura horizontal, que nos obliga luego a una relectura empleando el método filosófico de Epicuro, repensado por San Agustín cuando en Confesiones nos recuerda qué es la contemplación, hace surgir un breve esquema vinculado con el elenco de los diez problemas señalados por el Papa en la introducción. Además de una sutil presencia del pensamiento agustiniano, el andamiaje de la encíclica puede presentarnos cuatro ejes: En primer lugar, un intento para dar respuesta a la pregunta intemporal que anda rondando en el pensamiento occidental desde que Platón escribió el Fedón formulándola a Alcibíades: ¿Qué es el hombre? Ocurre en esta pregunta un cambio de sentido; la educación la orientó de una manera más ontológica. El hombre no es un qué, es un quién. La discusión se centra en la persona humana: “En la era de la inteligencia artificial, en la que la dignidad humana corre el riesgo de verse eclipsada por nuevas formas de deshumanización, tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos, custodiando con amor esa magnífica humanidad”.

La revolución 4.0, una de las utopías de este siglo que trajo a la humanidad la promesa de “El Dorado” del siglo XXI; una cotidianidad libre de problemas, y la resolución de las diatribas gracias a la magia de los algoritmos; se tratara de sustitución de los algoritmos por la voluntad. Cortina, de quien ya expresamos la coincidencia con el Papa León, sostiene: “un buen número de tecnocientíficos aseguraron que acabaremos con la enfermedad, la vejez y la muerte. Que, incorporando valores morales a las máquinas como el amor, la compasión y la solidaridad, crearemos una nueva especie superior a la humana conocida”. El hilo conductor de las opiniones sobre la encíclica ha reducido su análisis solo a las inteligencias artificiales, -plural empleado por el Papa también en el texto pontificio-, no obstante, la pregunta del hombre no se sitúa frente a las IA, el desafío es mayor, se sitúa frente a la Tecnocracia.

El argumento más claro lo escribe el mismo Papa al presentar el “no ser” de las IA, en el numeral noventa y nueve de la encíclica: “las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias. Pueden imitar lenguajes, comportamientos, valoraciones; pueden simular empatía o comprensión, pero no conocen lo que producen, porque no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio. Incluso cuando dichos instrumentos se presentan como capaces de “aprender”, lo hacen de modo diferente al de la persona humana. No es la experiencia de quien se deja modelar por la vida y crece en el tiempo por medio de decisiones, errores, perdón y fidelidad; es más bien una adaptación estadística a partir de datos y retroalimentaciones, que puede ser muy eficaz, pero no implica un crecimiento interior”.
Asegura el Papa que el desafío de hoy no es fragmentado, pretender responder a los problemas de la sociedad como lo hacemos desde una enciclopedia es un error metodológico y epistemológico. La solución es ecológica, es decir, poner la mirada en cuanto crece en la casa común. Un aspecto emergente en el pensamiento del Papa peruano son las “Meditaciones sobre la Teoría de la ciudadanía” que se asoman a lo largo del documento. La carta tranversaliza la comprensión y actualización que el Pontífice hace de la Doctrina Social de la Iglesia, por lo cual encontrar la palabra ciudad veintiocho veces y sus diversas acepciones nos ayuda a pensar en la preocupación sobre un vacío en el pensamiento sociopolítico de la Iglesia y en las ciencias sociales en general. Carecemos de una Teoría de la Ciudadanía. La palabra ciudadanía en el texto, viene unida a la responsabilidad y mejor aún, a la educación, una trilogía fundamental en la construcción de toda sociedad; evita el desequilibrio y manifiesta la belleza de la civilización. Afirma el Papa León en el numeral 181: “ciudadanos que cultiven la responsabilidad, la sobriedad, el discernimiento y el sentido de la verdad”.

La sola lectura habla del método agustiniano implícito. El circulo hermético, las dos ciudades, la comprensión de la historia; la visión antropológica; la supremacía de la voluntad sobre el algoritmo, todo ello expresa una visión agustiniana. En cuanto a la historia podemos resumir las alegorías de la reconstrucción de Jerusalén o la civilización del amor, con una expresión muy querida por San Agustín: el _Ordo Amoris_ . En la obra agustiniana _Civitate De_ i, podemos aproximarnos a una definición de este _Ordo Amoris_ como: “un conjunto de muchas personas, unidas entre sí con |a comunión y conformidad de los objetos que ama; sin duda para averiguar qué sea cada pueblo será menester considerar las cosas que ama y necesita”; en el numeral 186 de la encíclica encontramos un paralelo: “la civilización del amor no es una utopía ingenua, sino un proyecto exigente. Consiste en traducir la caridad en estructuras de justicia, en dar cuerpo institucional a la fraternidad y en considerar al otro —ya sea persona o pueblo— como un aliado necesario para la construcción del bien común”.

La resonancia del documento apenas comienza. Lo mucho que se puede reflexionar y proyectar de él es cada vez más significativo. Resulta muy importante no etiquetar el contenido, evitar excluir o reducir. La Tecnocracia, más que las inteligencias artificiales, el Hombre, más que el desarrollo tecnológico son los desafíos que tenemos delante; es la nueva utopía que hoy nos hace pensar en voz alta.

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